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El amor sana- Besmagazine
 
 

La vida me puso enfrente una prueba dura. Esas situaciones que nadie se imagina que puede llegar a vivir. Hace seis años falleció mi primera hija, Julieta. Tenía 3 años y medio y un cáncer fulminante. El final llegó luego de un largo recorrido entre biopsias, punciones, salas de espera, enfermeras, anestesias, pinchazos, médicos, diagnósticos… Los resultados rebalsaron las hipótesis de todos, no por el hecho de haber negado la posibilidad de que lo malo pudiera pasar, pero sí por el ferviente deseo de que así no fuera.

Dos meses después de esperar agónicos los resultados, de recorrer diferentes médicos, de morirnos de miedo, mientras mi hija ya no podía caminar y padecía muchísimo dolor, nos dijeron que tenía un Neuroblastoma, un tumor sólido, severo y frecuente en la infancia. Todo era nuevo para nosotros. Nos hablaron de estadísticas y de probabilidades, 50/50 de que pudiera salvarse o morir. Nos inundaron de información. Un baldazo de agua helada, agua que uno intenta recoger en sus manos pero se desliza.

Durante el tiempo que duró su enfermedad aprendimos muchas cosas. Elegimos por sobre todo cuidar lo más sano de ella. Aprendimos andando el camino, que el alma de los niños no debe enfermarse, que ellos siguen siendo niños y necesitan que nosotros, quienes los acompañamos, no nos olvidemos de eso. Nos pusimos un objetivo muy claro: los médicos se ocuparían de su salud física, pero de su corazón y de su alma, nos ocuparíamos nosotros. La enfermedad no le quitaría el derecho de ser niña.

La familia juega un rol fundamental en la creación de una red de contención y de apoyo. También los amigos. Ellos también se angustian. Todos deberán tenerse más paciencia que nunca. Porque generar más conflictos de los que existen en ese momento, ya es demasiado.

La presencia de un psicoterapeuta especializado en estas situaciones es muy importante, porque para poder ser un cuidador eficiente tenemos que cuidarnos.

Lo primero es seguirlos a ellos. Escucharlos. Seguirlos en el camino hacia la verdad. No subestimar su capacidad de comprensión. Permitirles que se expresen.

Por otro lado, jamás olvidar que somos los padres de ese niño y que nadie lo conoce mejor que nosotros.

Saber  que las estadísticas nos confunden, que no podemos olvidarnos de que nuestro hijo es nuestro 100 % de los casos. Y que tenemos que intentar que la medicina no enferme lo saludable en el niño, al querer curar la enfermedad.

En lo personal, tuve una gran lucha entre lo que los libros decían y lo que la vida me fue mostrando. Luego la lucha cesó para dar lugar a un crecimiento, que terminó fortaleciéndome. De eso se trata la resiliencia.

La experiencia fue muy fuerte, tanto que hoy como madre y psicóloga siento un enorme deseo y a la vez responsabilidad de transmitirla a todos aquellos que están pasando por una situación de estas características. Con seguridad hoy puedo afirmar que el amor sana, suceda lo que suceda.

 
 
 
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