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La resiliencia en primera persona
 
 

Cáncer. Que palabra con una carga tan negativa.
¿Por qué la palabra gripe no la tiene?
Toda mi familia lo padeció. Mi abuela paterna tuvo de mama, mi padre de pulmón, mi madre de ovarios, mi tía de útero, piel y ahora de riñón.
Pero. Yo. ¿Por qué yo?, yo tengo hijos, me necesitan, no me puedo enfermar.
Todo empezó con un tumor de mama en el año 2007, me lo diagnosticaron el día que cumplí 43 años. Decidí dar batalla y no dejarme vencer. Mis hijos tendrían el ejemplo de lo que era pelear por la vida. Comprendí que algunos debíamos rendir pruebas para transitar por este mundo, y estaba dispuesta a atravesarlas.
Dos operaciones y rayos. Luego controles.
Año 2010: ¿Pero ahora por qué? ¿Por qué si cumplí al pie de la letra todas las indicaciones médicas? ¿Por qué si aún soy tan joven y tengo tanto por hacer? Un tumor mucho más agresivo y en el mismo lugar. Única opción: extirpar el pecho. Muchas lágrimas, dolor, sensación de impotencia, enojo con el mundo, angustia, desamparo, y una decisión: vivir.
Recordé las palabras de un conocido que me dijo "Dios no te pone pruebas que no puedas atravesar" y me convencí que una vez más sería capaz de afrontarlo.
Me extirparon el pecho. Pocas veces en mi vida sentí tanto el amor de quienes me rodeaban: mis hijos, mi pareja, mi hermano, mis amigos, compañeros de trabajo. Todos estuvieron a mi lado. Sin ellos, hoy no estaría escribiendo esto.
Muy duro fue ver la imagen que me devolvía el espejo, costó poder reconocerme, ni siquiera fui capaz de curar la herida, iba todos los días al médico o venía una enfermera a mi casa.
Confiaba en que el resultado de la biopsia no requeriría que efectuara quimioterapia, pero me equivoqué: cuatro sesiones con frecuencia cada 21 días dijo el médico, luego otra droga con igual frecuencia por un año. "Se te va a caer el pelo". Esa frase retumba aún en mis oídos. El pelo, ese tesoro que tanto cuidaba, de cuyo color y alisado estaba siempre pendiente, otro símbolo de femineidad que me era quitado.
No me alcanzaban las lágrimas para descargarme. Qué difícil era aceptar que tras perder el pecho, ahora era el turno del cabello.
En un momento determinado me sentí un muñeco. Para ir a dormir me quitaba la peluca, las cejas postizas, veía que me faltaba un pecho y casi como la "mujer biónica" pensaba que en cualquier instante me quitaría la pierna y la apoyaría al costado de la cama antes de acostarme para volver a poner todo en su lugar a la mañana siguiente.

Decidí que había que cambiar. Algo no funcionaba.
Un tumor, en el mismo lugar, mucho más agresivo que el anterior, con posibilidad de tener ramificaciones en ganglios.
Muchos por qué y pocos para qué y,  allí, el "quid" de la cuestión.
El primero y fundamental: ¿Por qué a mí? Su contrapartida: ¿Por qué no a mi?
¿Por qué justo en este momento?... ¿Por qué no?
¿Por qué si mis hijos me necesitan? ... ¿Acaso yo no los necesitaba a ellos?
Y tantos más por qué...
La furia... bronca, enojo, desazón, tristeza, decir "basta!".
Lágrimas... muchas, más que las que creí tener.
Y de repente ese "basta!", ese "hasta aquí llegamos". Mis médicos me contenían, el oncólogo me dijo "te vamos a acompañar, no está en riesgo tu vida". El patólogo, que hace tantos años me atiende, procuraba tranquilizarme diciendo "vas a quedar espléndida, la reconstrucción no se va a notar". Necesitaba escuchar que mi vida no estaba en riesgo, necesitaba que así fuera, debía serlo.

Y reaccioné. La vida no espera, va en avión: te subís o dejas partir el vuelo.
Una decisión: pelear hasta el último momento de aliento, no bajar los brazos, no dejarme vencer, probarme a mi misma que soy fuerte, que puedo, ser un ejemplo para mis hijos de cómo se debe vivir y luchar ...
Lo más difícil, el primer paso: no dudar en aceptar lo que había que hacer, drástico, radical y necesario. Luego, admitir que sola no podía. Necesitaba ayuda para casi todo, hacer las cosas en mi casa,  curarme la herida (por una imposibilidad personal de ver mi cuerpo mutilado) y, un profundo deseo de mirar adelante. He llegado a compararme en ese sentido con un caballo, que por sus anteojeras, sólo tiene la posibilidad de mirar en esa dirección. Esa soy yo, siempre mirando al el futuro, del pasado únicamente puedo extraer enseñanzas, no albergo rencores, no puedo vivir sumergida en el ayer. Aprendí que ese es el único modo de avanzar.
Cada mañana elegí la imagen que quería vieran de mi. Hoy ya no es grave, porque mi pecho fue reconstruido y el cabello creció, por lo que me levanto con la cara desastrosa de cualquier mortal, pero, en aquellos tiempos eso no era así. Casi un rito podía definirse mi actividad tras cada despertar: la ducha, elegir el pañuelo, las extensiones, pegar las cejas, maquillarme y no parecer jamás enferma ("Muerta antes que sencilla" fue el lema que todos me escucharon decir).

Cuán importante fue el apoyo de mis hijos. Al plantearles que el cáncer me había vuelto a elegir como hogar, tuvimos en claro que éramos equipo y, que de esta salíamos los tres juntos y echaríamos al indeseado huésped. Quizás eran chicos, y siempre lo serán para mí, para afrontar esto, pero se comportaron como gigantes y no sólo me contuvieron cuando decaía, sino que me cuidaron, mimaron y acompañaron todo el tiempo.
Párrafo aparte merece hablar de mi hermano, Nor querido, que al saber la noticia, fue un soldado a mi lado, no me dejó -ni me deja- a sol ni sombra. Cariñoso, gentil, preocupado, estuvo desde el primer momento acompañándonos, conteniendo a los chicos, ocupándose de todo y más. Son estas situaciones las que nos muestran tal como somos realmente. No hubo tiempo ni distancia que pudieran con esto. A él encomendé que, si algo me pasaba, se ocupara de mi mayor tesoro -Fedu y Cami-, y menudo trabajo sería ese, lo que prometió inmediatamente cuando se lo plantee.
Chapi, el dueño de mi corazón, estuvo a mi lado a pocos minutos de recibir la noticia. Con él compartí las primeras lágrimas, la impotencia, el dolor y la incertidumbre de lo que me aguardaba. No dejó ni un momento de alentarme, parecía un partido "Ruth vs cáncer", y obviamente, él era el barrabrava que más hinchaba por su equipo. Sus caricias, sus palabras de amor en todo momento, la contención que me dio y, por sobre todo, el seguir haciéndome sentir femenina pese a la falta del pecho, del pelo y mis angustias. Cada día sus frases: "qué linda estás", "estás hermosa", o su "te quiero", así como aquellos "para mí estás igual o más hermosa", eran y son, una inyección de vitalidad. El "dejate de joder, vos podes" se convertía en un empujón cuando creía flaquear.
Con todo este amor a mi alrededor, los cambios se venían. Ante todo el físico, al que debía acostumbrarme. Un post operatorio que gracias a Dios y a la homeopatía no fue doloroso. Sesiones de quimio, que a excepción de la primera, fueron llevaderas y no causaron malestares mayores. El pelo, su pérdida repentina, la decisión de pelarme,  un gran dolor y una necesidad de no pensar en eso. Dejar pasar el tiempo, tratar de manejar la ansiedad y el miedo.
Advertí que hasta ese momento no había sido  dueña de  algo tan fundamental como es mi tiempo personal. No había reparado antes en que no valoraba mi tiempo, ni me lo dedicaba. No puedo decir que estuviera frustrada porque no es así, pero sí que mi vida transcurría acomodándome a los demás, a las necesidades de quienes me rodeaban, pero no a las mías (quizás porque no advertía que las tenía o simplemente porque adoptaba la postura de sentarme a protestar por ello y no hacer nada al respecto).
El cáncer  es sanador dijo alguna vez Pilar Sordo, haciendo referencia a que si uno sabe capitalizar la enseñanza, el cuerpo y la mente sanan. Estoy de acuerdo con ella.
He aprendido lo que es poder estar "en Babia", me he permitido poner la mente en blanco cuando el miedo y la angustia me agobiaban, he aprendido a disfrutar los "tiempos de hacer nada", porque han sido necesarios y sanadores.
He dedicado muchas horas a algo para lo cual mi madre siempre dijo que era una "perfecta inútil", una actividad manual: pintar, y descubrí que no era tan "perfectamente inútil". La pintura me elevó (aunque suene gracioso), me conectó con otro modo de pensar la vida, cada momento frente a la tela ha sido casi como una sesión de meditación: la mente en blanco y sólo puesta al servicio de los colores y las formas, algo muy liberador.
Escribir acerca de lo que despertó en mí la recaída también fue catártico.
Descubrí que la vida es mucho más interesante de lo que creía y que la estoy disfrutando, justo desde ese momento, intensamente. Que hay muchas cosas por hacer, además de disfrutar de mis hijos, de mis afectos, viajar, pintar...
Que increíble lo que me ha pasado. Sin un pecho, pelada, peleando esta batalla contra el cáncer, pude decir que me sentía tan en paz, tan tranquila, tan conforme conmigo misma, y tan feliz... que parece mentira. Tengo hijos maravillosos, un hermano al que quiero profundamente, un hombre excepcional a mi lado, familia y amigos a mi alrededor que son de oro y me bancaron en esta que no fue fácil...
¿Perdí un año y medio de mi vida en un tratamiento para superar el cáncer?, -De ningún modo, gané un año y medio para conocerme y permitirme disfrutar de tantas cosas que tengo, de tantas que pasan (como cuando me paré en el estacionamiento de una cadena de farmacias  a fotografiar  el pájaro que había en la medianera o las hojas que el otoño había teñido de rojos, amarillos y naranjas). Supe, gracias a lo que me pasó, que me quiere más gente de la que yo creía. Jamás pensé que podrían hacer una cadena de oraciones por mí, que tantas personas podían preocuparse por mi salud y estar pendientes de ella.
¿Era necesario enfermarme para eso?, -Evidentemente si, pareciera que la primera vez no había entendido el mensaje y todo volvió a ser lo que era. En realidad lo había comprendido, pero la vorágine diaria me empujó a olvidarme. Esta vez no ocurrirá, me preocuparé a diario por recordar las prioridades, me obligaré a ello.
Dos formas de ver la vida: puedo decir que la enfermedad llevó un año y medio de mi vida, mi pecho, mi pelo, mis cejas, mis pestañas o, como resuelvo hacerlo: que me ha dado la chance de un año y medio para disfrutar lo que realmente es pasar por esta Tierra, ver con los ojos bien abiertos, con la mente despejada y receptiva, con el corazón en paz, reconocer los verdaderos afectos, y priorizar que si yo no estoy bien no puedo brindar nada a quienes me rodean.
Hoy quiero seguir agradeciendo a la vida por esta nueva oportunidad (sin quejarme por lo que algunos debemos atravesar para ganar el derecho de estar en este mundo), a mis hijos, mi hermano, mi amor, mis amigos, los que se preocuparon por mí, mis médicos de Hospital, mi homeópata, mi psicóloga, mi profe de pintura y mis \"amigas del arte\", y al ángel que me cuida desde el Cielo siempre.

¿Puede pedirse más?
Y yo era la que preguntaba ¿por qué...?. ¿Por qué?, para que pudiera darme cuenta de todo esto.

Ruth Geiler

 


 
 
 
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