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Los psicólogos no cuentan su historia
 
 


Ese era mi mito. Eso era lo que me habían enseñado en la universidad. Los psicólogos son reservados. Los psicólogos no cuentan su vida privada.

 Resulta que cuando me contrataron de la TV Pública para ser panelista del programa “Médicos X Naturaleza”, un programa de salud en el que participé por tres años, la temática diaria era ni más ni menos que abordar temas de salud desde un abordaje multidisciplinario. A mí me tocaba lo psi, por cierto. En ese momento hacía tres años que había perdido a mi hija de un cáncer infantil muy severo, cuando tenía tres años y medio.

Cuando llegó el primer programa sobre cáncer, sentí una enorme revolución interior. Me acerqué al productor general para decirle que lamentablemente yo había pasado por una situación muy dolorosa y que se me haría difícil hablar de “eso”. Me miró y me dijo: “Valeria, estas contratada para un programa de salud y sino podés hablar sobre cáncer va a ser muy difícil tenerte en el panel porque habrá muchos programas de cáncer”. Me fui, pensando en que tenía razón, y en que yo debería poder. Busqué un tema para exponer, que no me hiciera tanto daño. Pero no voy a negar que leer, fue remover. Se abría una ventana que yo me empeñaba en cerrar por dolor.

Luego de ese programa, me sentí mal. Allí participó la Licenciada S-C-H-W-A-L-B. Hablar desde un lugar académico y distante, habiéndolo transitado se me hacía muy difícil. La vivencia del cáncer de mi hija sin duda me había dejado enseñanzas únicas, y necesitaba encontrar una posición más personal y no estadística para poder transmitirlas.

El productor general tenía razón, serían muchos programas dedicados al cáncer. A los pocos días, habría uno sobre cáncer infantil. Nuevamente me acerqué y esta vez le dije: “haré ese programa, pero no solamente como la psicóloga que leyó muchos libros, sino además, como la madre que perdió a su hija de un cáncer”, a lo que él respondió, “si podes, está muy bien”. No sabía qué era lo que podía o no podía. Lo que debía o no debía. La transferencia, mis pacientes, el que dirán, la pena. Una tormenta de sensaciones.

Lo que sé desde el alma es que luego de ese programa, algo cambio para siempre en mi vida. Porque sentí una paz que jamás nunca había sentido antes, desde la pérdida de mi hija. Abrir mi ventana, iluminar mi historia, iluminó la de otros y eso  me trajo serenidad y me condujo por el camino de la sanación interior.

Cuando mi hija estaba internada y aun no sabía si ella iba a curarse de su enfermedad, me decía a mí misma, y me decían enfermeros, médicos, monjas del sanatorio, y otros padres, qué bueno que sería que me dedicara a ayudar a los padres de los niños internados que tan solos están. Pero cuando mi hija falleció cerré esa ventana y sólo pude abrirla muchos años después, ya sin Julieta a mi lado, pero con ella en mi corazón.

En esos días de internación las ventanas jugaron un rol fundamental para nosotras.  En mi libro “Todos Somos Resilientes” (Paidós, 2012),  lo cuento con mucho detalle.

Para escribir este libro, le pregunté a varios pacientes si me permitían contar partes de sus historias resilientes. Algunos aceptaron con gusto y gran emoción. Otros no. Decidí contarles personalmente a todos, lo que había vivido con mi hija, porque muchos se atendían conmigo hace años y no sabían nada. Me parecía muy fuerte que lo vieran directamente en formato libro. Uno por uno, fui abriendo mi ventana contándoles de qué se trataría el libro, y el hecho más doloroso de mi vida. Las repercusiones fueron muchas y variadas.

Esta exposición me generó mucho temor. Pero debo decir con toda honestidad que sólo he recibido amor, gratitud. Que abrir mi historia me permitió trabajar más aun desde un lugar muy humano.

Una de mis pacientes me dijo hace muy poco, luego de esta apertura: “Valeria, ¿vos cuándo cumplís los años? ¿Por qué nunca te pregunté eso? ¿Sería contraproducente para mi tratamiento que en tantos años que te conozco  te hubiera podido decir una vez al año, felicidades, y traerte un chocolate? ¿Puedo preguntarte si te gustan los chocolates?”  Nos dimos un fuerte abrazo en medio de las risas.

Le agradezco muchísimo a mis pacientes por tanto amor, por todo el apoyo que he recibido en el maravilloso proyecto que he llamado “mi hijo de papel”, mi libro.  

El centro en la consulta terapéutica es cada uno de ellos siempre, y sentirse atendidos por un humano genera mucha tranquilidad.

Contar la historia, permite entonces abrir un canal de comunicación; sacar del encierro a los dolores solitarios; ahuyentar fantasmas; desenterrar los dones para poder mejorarlos y pulirlos.

Ayudar a sanar no es posible si no humanizamos el dolor, sino  atravesamos la propia historia.

 
 
 
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