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Resiliencia, dieta y sobrepeso
 
 

Esta ventana es un poco diferente a las otras que seguramente ya leyeron. Entendiendo a la resiliencia como la capacidad de reponerse y seguir adelante, quiero compartir mi historia resiliente sobre reponerse y seguir adelante… en un plan de nutrición!  ¿Cómo cambiar mi vida por una más saludable? ¿Se puede seguir un plan nutricional rígido eternamente? ¿Qué pasa cuando uno no perdona un desliz en la comida? Estar sana es fundamental para un embarazo!

He aquí mi historia, con lujo de detalles.

Decidimos casarnos para nuestro 7mo aniversario de novios. Como ya convivíamos hacía unos años, teníamos muy en claro que dábamos este paso principalmente para comenzar a formar una familia. Faltaban 15 meses… tiempo suficiente, pensé, para bajar de peso. Sabíamos que no esperaríamos mucho tiempo para empezar la búsqueda  de un bebé. Y yo, que ya había visitado a varios nutricionistas a lo largo de mi vida, era consciente de que tenía que cambiar mis hábitos para transitar un embarazo saludable, lo que no me gustaba ni un poco. El resultado en cada consultorio siempre era el mismo: concurría a la primera cita, realizaba una dieta estricta la primera semana, acudía al segundo control con excelentes resultados, lo que, contradictoriamente, me motivaba a dejar el plan por varios ratos. Y así es que no iba nunca más. Siempre tuve un sobrepeso estético, pero en los últimos meses, dada una vorágine laboral, había subido varios kilos extra. “Ahora es momento de ser fuerte en el trabajo; ya tendré tiempo de preocuparme, o mejor dicho de ocuparme, de mi cuerpo”, pensaba. Pasaron los días, y el mismo stress me tentó a aceptar una oferta laboral en otra empresa. Fue en el marco de esa compañía, sin duda, que se prendió la chispita que propició mi cambio interior.

Ya habían pasado 3 meses en mi nuevo empleo, era diciembre, y vino a la oficina una compañera argentina que trabajaba en la filial de Miami a pasar las fiestas. Durante sus 15 días de estadía, cada vez que hablábamos solía compararme con una amiga suya: yo hablaba igual, tenía el mismo tipo de comentarios y el mismo modo de pensar que esa chica que nunca conocí ni tampoco recuerdo su nombre. Hasta que un día, casi al pasar, me comentó que esa amiga había hecho un click en su vida y bajado de peso en un centro de salud (que no voy a nombrar en esta oportunidad para evitar hacer publicidad!). Y esa fue mi chispa: si alguien tan parecido a mi pudo cambiar y bajar de peso, yo también tenía que poder hacerlo. ¿Por qué acaso no podría? A la semana siguiente, algo descreída todavía por mi experiencia con médicos anteriores, me anoté y comencé el tratamiento. Los resultados positivos se mostraron desde la segunda visita, como otras veces. Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, la motivación impulsada por el deseo de ser una madre sana me llevó a asistir a la tercera visita en vez de evitarla. Progresivamente bajé gramo por gramo, hasta llegar al peso deseado, e incluso un poquito más. Para la fecha de casamiento, estaba más que feliz. ¿Qué hubo diferente esta vez vs los intentos anteriores? La clave estuvo en estar acompañada, en confiar, y sobre todo en concentrarme en mi meta y entender que se trataba de un objetivo a largo plazo, lejos de la magia y cerca del control y seguimiento de cada paso dado, para entender cómo funcionaba mi cuerpo ante cada estímulo (comida, ejercicio, stress) recibido.

Desde el casamiento hasta el embarazo pasaron 12 meses. Durante ese año, me vi enfrentada a la fase, dicen, más difícil que debe desafiar una persona en su proceso de cambio: el mantenimiento. Si uno graficase en una curva las oscilaciones de peso durante la fase de bajada, vería una clara y sostenida línea oblicua que comienza en un punto muy alto, y va descendiendo semana a semana. Este gráfico, obviamente, debía cambiar al entrar en la fase de mantenimiento. Así es que mi curva de peso se convirtió de tobogán en serrucho: el peso se movía todas las semanas para arriba y para abajo, para arriba y para abajo. Recuerdo que comenté que no estaba a gusto con esta nueva línea: yo quería que el mantenimiento sea eso, una línea mantenida, sostenida, sin esas constantes oscilaciones que hacían parecer de mi gráfico un electrocardiograma. Y la respuesta fue muy simple: ¿qué le pasa a una persona si tiene una línea horizontal recta y constante en un electro? Esa persona no estaría con vida.

La vida presenta momentos diferentes, y está en la capacidad de cada uno vivirlos de la mejor manera posible. Hay veces en que ciertos obstáculos (en este caso tentaciones, eventos, olvidos) nos desafían: nuestra capacidad de ser resilientes es la que permite ese cambio, permite volver a empezar ante una tentación, un desliz, una comida mala, un día malo, una semana mala, identificando las acciones que no gustaron, permitiendo ser flexibles.

Aplicar la resiliencia me permitió entender que yo, por lo menos, estoy muy lejos de una dieta estricta o de ser una chica deportista, pero puedo controlar mis acciones, y cuando no puedo, estoy dispuesta a perdonarme y seguir adelante en la comida siguiente. Evitar la rigidez, ser flexible, ser creativa ante la presencia de un problema que atente contra mi objetivo fue fundamental. Uno no puede dejar de ir a cumpleaños pero puede planear estrategias para pasarla de la mejor manera posible. Aprender de mi propia experiencia, tener autoconfianza para seguir adelante, y pensar que un obstáculo (léase fiesta, aburrimiento, stress, otras personas que boicotean el cambio) no es una crisis sino que es parte de la vida. La resiliencia me permitió aprender a comer pensando conscientemente, sin caer nunca en extremos tales como la bulimia o anorexia,  restableciendo el compromiso en cada tropezón, renovando objetivos, sin caer en la trampa del “todo o nada”. Flexible, esa es la palabra clave.   

¿Y cómo se conecta esta historia resiliente con la ventana por la que miramos la vida? Para responder, retomo el inicio de este texto: la resiliencia me permitió vivenciar no solo uno sino dos embarazos saludables. Soy mamá de dos nenas, las cuales amamos con toda el alma. Vivimos en un departamento sin balcón, por lo que siempre quisimos que la ventana de nuestras nenas sea la más alegre de la casa. Aquí les muestro la ventana por la que hoy, junto a mi marido y mis dos hijas, miramos al mundo, dejamos pasar al viento que hasta dicen un día se llevó al último chupete que quedaba en la casa, espiamos a los vecinos desde muy muy arriba, miramos las antenas rojas que titilan en otros edificios, y por sobre todo, nos damos cuenta de que un nuevo día empieza y está listo para que lo vivamos a pura intensidad.

Lorena

 
 
 
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