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Todo lo que odiamos, no fueron más que maestros de la vida misma
 
 
Estimada Vale:

Desde el momento en que ví la página y, junto con ello, la posibilidad de transmitir nuestra experiencia, me rompí la cabeza desde dónde empezar el relato para que no sea demasiado aburrido para vos ni para quien lo lea; y sea de fácil lectura y comprensión para quienes han pasado o están pasando situaciones traumáticas y, a la vez, les sea de utilidad.

 

Estas son dos historias de dos personas, o quizás debería decir una historia con más de un protagonista? Con respecto a la foto de la ventana desde la cual uno mira el mundo, debería haber adjuntado varias ventanas, porque estoy convencido de que uno ve al mundo desde distintas ventanas de acuerdo al momento geográfico, histórico o de situación que vive en ese momento.

 

 No creo que aporte demasiado al tema que nos ocupa, pero mi nombre para  quien le interese es Jorge Omar Meriño. A los 25 años me casé con Nelly Beatriz Yunes. Ambos oriundos de Río Negro y nos conocimos trabajando los dos en los tribunales de General Roca. Paralelamente, yo trabajaba en el diario “Río Negro” de esa ciudad. Al cabo de algo más de un año ingresó a nuestras vidas, por parto con cesárea, una hermosa beba, Julieta, de ojos celestes y rubia. Para esto ya habíamos encarado la compra de una casa a través del Banco Hipotecario (que en aquél entonces sí cumplía con la función de dar préstamos para viviendas). Nuestra planificación familiar venía de maravillas, hasta que el 3 de enero de  1985 (July tenía 7 meses y medio de vida), y mientras la región en horas de la noche padecía un calor de más de 40º, por la puerta de mi casa pasa un amigo con una moto y me invita a dar una vuelta para refrescarme. La vuelta no duró más de 15 minutos. En un semáforo de una avenida, un auto pasó con la luz en rojo y nos embistió. Resultado: Mi amigo salió ileso y yo con una fractura expuesta de tibia y peroné.

 

(º) MALA PRAXIS I

 

Fui trasladado al Hospital de la ciudad, en donde el médico traumatólogo y el clínico me decían que en un par de semanas me iba. Lo que no dijeron era adónde! Luego de casi 20 días de internación sin avance alguno y con fiebre superior a los 40, mi esposa Nelly contrata a un enfermero especializado en traumatología para que la noche del sábado me ayude  a moverme porque estaba con una férula. Según me relata mucho tiempo después Nelly, el domingo a las 7 de la mañana  el enfermero contratado, amigo y compañero de trabajo de mi suegra en el hospital, va hasta mi casa y le dice a mi señora: “A Jorge lo tenés que llevar urgente a Buenos Aires. La infección que tiene lo va a matar”. Ese mismo día y pese a la negativa de los médicos del hospital, mi señora logra conseguir un avión particular triplaza y se avisa al Hospital Italiano de Buenos Aires que iba un paciente en estado “gravísimo”. A las 15 hs. embarco en ese avioncito, al que se le saca el asiento para que entre yo con camilla y férula. Cuando el avión estaba por aterrizar en Aeroparque, en donde me esperaba una ambulancia, le avisan al piloto que el aeropuerto estaba cerrado por problemas operativos. Nos tuvieron dando vueltas en el aire hasta que fuimos derivados a Ezeiza, por lo que allí tuvimos que esperar más de una hora y media a la ambulancia. Yo estaba con un dolores impresionantes y sin medicación, porque los calmantes que me habían dado antes de salir ya habían hecho lo suyo y el enfermero que me acompañaba carecía de los mismos. A las 23,30 del 23 de enero arribo a la Guardia del Hospital Italiano, en donde me intervienen quirúrgicamente en forma inmediata, y drenándome importante cantidad de pus que se me había acumulado ya a la altura del cuádriceps, lo que corrobora que los médicos de General Roca, ni siquiera habían detectado la importante infección que se había producido en mi organismo.

Los médicos del Hospital Italiano, luchan denodadamente todos los días para salvar la pierna de, en ese momento, un joven de 27 años. De las curas, lo que más recuerdo, es que para mí eran una tortura china. Día por medio me llevaban a los quirófanos de ortopedia y previo a anestesiarme localmente ponían mi pierna con la fractura expuesta bajo canillas de máxima presión y la sometían a un cepillado que duraba entre 20 minutos y media hora. El dolor era insoportable. Tanto es así, que había días que me venían a buscar para llevarme a una curación como la descrita, y yo le decía al camillero que estaba equivocado, porque recién me habían traído. Pese a esta lucha por salvarme, la infección se convirtió en una septicemia generalizada agravada evidentemente por virus intrahospitalarios. Al cabo de dos meses de esta lucha, y ante la gravedad del cuadro, se decide amputarme el miembro. Pero lo peor vendría después de la amputación. En lugar de mejorar, entro en coma 4 y me entuban a un respirador. Esto fue durante el fin de semana largo previo a domingo de Pascuas y el jefe de Terapia Intensiva, habla con mi señora y le dice que si hasta ahora había estado gravísimo, en ese momento habían perdido casi las esperanzas de salvarme y que pensara cómo me iban a trasladar a Río Negro y quién me acompañaría. La desesperación de mi señora era indescriptible pero, como nos relató mucho tiempo después, ella no estaba convencida de que estaba todo perdido. Y al final tenía razón. El domingo de Pascuas, esperé a la visita sin respirador y sentado en la cama de la Terapia, en donde ya hacía casi un mes que estaba. El 16 de mayo, pese a estar pesando 35 kilos, les pido a los médicos que me den el alta porque el 19 cumplía un año mi hija y quería estar en mi casa para festejárselo. Y así fue. El 18 estaba bajando en el aeroclub de Roca en un avión de Aerolíneas. Lo primero que hice fue bajarme del auto con el que me habían ido a buscar y ver si podía manejar con la muleta mi Citroen 3cv. Conforme con esto, comencé una ardua rehabilitación para poder equiparme con una prótesis.

 

(º) MALA PRAXIS II

 

En Roca me confeccionan un “pilón de marcha” que es una bocha de yeso con un estribo como para que el muñón comience a cicatrizar y poder equiparme con una prótesis. Pasaban los meses y el muñón estaba cada vez más en flexión, por lo que mi señora decide trasladarme nuevamente a Buenos Aires e hicimos la consulta con el cirujano que había llevado a cabo la amputación, el Dr. José D. Freire, quien además, era jefe de Ortopedia y Rehabilitación del nosocomio de marras. Cuando vio el pilón que me habían hecho, se agarraba la cabeza. Me habían hecho un pilón como para subir escaleras, es decir, con flexión. Para esto ya había perdido casi un año y la única solución fue que me realizara una microcirugía, cortando todos los tendones que rodean a la articulación y dejar tensores y cruzados. A partir de allí, él mismo me confeccionó la primera prótesis.

Con esa prótesis manejé, me volví a meter en una cancha de vólley y dí mis primeros pasos en el padel, deporte que recién asomaba en la Argentina.

 

(º) MALA PRAXIS III

 

Cuando mi primera hija, Julieta, ya andaba por los tres años, y viendo que mi estado físico y mental había mejorado notablemente y podíamos seguir adelante, decidimos tener otro bebé. El embarazo transcurre tranquilo y normal como el anterior, en un ámbito de amor y contención. Llega el momento de las contracciones,  la mañana del 2 de setiembre de 1988, justo antes de ir a trabajar a Tribunales. Rompe bolsa y comienzan las contracciones. Nelly ya estaba en fecha de dar a luz, por lo que nos dirigimos a la clínica en donde teníamos previsto que se desarrollara el parto. Por costumbre, no avisamos a nadie porque Nelly quería estar tranquila. Nada hacía prever algo distinto a un momento de felicidad y festejo por la llegada de otra hija.

Habíamos pactado con mi señora y con el médico que yo presenciaría el parto, así que luego de 11 horas de trabajo de parto sin llegar a una dilatación adecuada, le planteo al médico que era algo previsible ya que el médico que había atendido el parto de Julieta nos había dicho que Nelly no tenía dilatación por lo que era probable que la situación se repitiese ante otro embarazo. Estando en la sala de parto de la clínica y ante mi presencia le hace un nuevo tacto. Me hace ver y se podía observar a la beba ya encajada y con los pelitos de la cabeza a la vista, pero cuando saca la mano, comienza a caer mico (meconio, líquido amniótico). Cuando veo eso, le digo al médico si no es tiempo de comenzar con la cesárea, por lo que asiente y me pide que me retire. Así como estaba, aún cambiado con ropa de quirófano, me quedo sentado arriba de una camilla que había apenas traspasando la puerta de la sala de partos. El reloj de la pared marcaba las 0,30 del 3 de setiembre. Nelly estaba agotada de tantas horas de trabajo de parto, le había dado un beso antes de irme y le prometí que todo iba a estar bien.

A la 1,10, la enfermera de quirófano, sale de golpe dando un portazo, se dirige al office de los médicos, toma el teléfono y llama primero a un hematólogo y le da el grupo sanguíneo de Nelly y que venga urgente. Cuelga y llama a un cirujano. Cuelga y llama a un cirujano urólogo. Yo no entendía nada. Todo eso era para Nelly?, me preguntaba. Y la respuesta no era otra. La única paciente que estaba ahí adentro era ella. El primero en arribar fue el hematólogo con un maletín y varios sachets de sangre. Y en cuestión de minutos, la sala se llenó de médicos. Los minutos y las horas fueron pasando. Mi angustia era tal que estaba como perdido; no podía creer que algo grave estuviese pasando. Me maldecía por haberme despedido con aquellas palabras de que “todo va a estar bien; te lo prometo”.

A las 6,20 de la mañana, ya me había enterado que Jamila había nacido bien y estaba en observación pero en perfecto estado. Salen los médicos, y así como estaban, me llevan al office de ellos y me explican que la cirugía se había complicado por problemas de la paciente (Nelly); que tenía adherencias de la cesárea anterior y que al efectuar otra de similares características hubo desgarros y pérdida profusa de sangre; que durante todas las maniobras hizo dos paros cardiorrespiratorios de los que fue sacado por los médicos intervinientes; que la llevaban a una preterapia, en donde estaría sola para que esté más tranquila. El neonatólogo que recibió a Jamila, la entregó a la enfermera y siguió en el quirófano, les aclaro que estaba designado para ser el padrino de la beba, ya que Nelly era la madrina de su hija. Y fue él mismo quien esa mañana, me llevó a su casa para que descansara algunas horas porque Nelly estaba dormida bajo efectos medicamentosos. Así lo hice y al mediodía vuelvo a la clínica y apenas entro, miro la bolsa colectora de orina vacía y a Nelly muy hinchada. Pido hablar con el jefe de Terapia y le pregunto desde cuándo estaba esa bolsa vacía y me contesta que desde que había llegado de quirófano. Yo no lo podía creer! Me dice a continuación que la iban a llevar a hacer una ecografía para ver qué estaba sucediendo porque no bajaba la orina. Le hacen la eco y cuando vuelven me dice el médico que hay que operarla de urgencia otra vez para ver mejor, porque con la ecografía no se podía dilucidar el problema. Llaman a un cirujano urólogo de otra clínica, quien quería posponer la cirugía para el día siguiente que era lunes, a lo que los otros médicos le dijeron que debía hacerlo en ese momento, porque la paciente estaba en riesgo. Así lo hace y fue él mismo quien me informa que como la paciente durante la cesárea había estado en riesgo de vida por los paros que había hecho, se trabajó sólo en el campo de la cesárea y de forma muy apresurada, por lo que el urólogo anterior había incluido en la sutura de la vejiga ambos uréteres. También me dice que por suerte la operó enseguida, porque si toda esa orina hubiese estallado adentro, habría muerto. Así estuvo Nelly en la preterapia, llena de drenajes y tubos. Recién a los 12 días introdujeron a la beba por una ventana para que pudiera, al menos, sentir el olor de su mamá. Mientras, Jamila, deambuló por toda la clínica de teta en teta. Cada parturienta nueva, se la llevaban para que pudiera tomar leche materna, porque a Nelly, por la cantidad de medicamentos que le habían tenido que aplicar, tuvieron que inhibirle la leche. Qué frustración tenía ella pobrecita al verse vendados sus pechos! Quién puede medir un dolor así?

Siguiendo con el tema de la última cirugía, como ambos uréteres habían estado cosidos durante muchas horas, y la vejiga había sido desgarrada, según la primera versión, le habían practicado un ureterostomía bilateral, es decir, le abocaron ambos uréteres al abdomen, con distintos catéteres que se unían en otro y de ahí a una bolsa colectora de orina externa, la que había que vaciar cuando se llenaba. Ufff! Cuántos feos recuerdos de esos momentos! Y cuánta impotencia!

Así estuvo, con esa ureterostomía durante 60 días, que era el plazo mínimo para poder hacer otra cirugía mediante la cual se haría un reimplante de uréteres a la vejiga y ya estaba. Cuando se aproximaba el plazo, y ante los hechos sucedidos, más un comentario de otro médico de la clínica que dijo que con Nelly “se habían mandado la gran cagada”, es que decidimos, primero hacer la denuncia por mala praxis a la obra social y luego, pedir la derivación al Hospital Italiano, la que en principio fue denegada por el último médico interviniente. Ante nuestra insistencia y luego de una junta médica en la que se dictaminó “mala praxis por imprudencia del médico obstetra interviniente” (Dr. Carlos Moreno Condi), la misma obra social derivó a Nelly al servicio de Urología del H. Italiano.

En este centro modelo de alta complejidad, Nelly fue atendida por el Dr. Oscar Damia, subjefe (en ese entonces) del servicio de Urología y jefe de Transplante Renal (hoy es el jefe del servicio). Tanto nosotros como el Dr. Damia, pensábamos que era sólo un reimplante de uréteres a la vejiga y todo volvería a su normalidad.

Llega el día de la cirugía. Nelly entra al quirófano a las 7 de la mañana; mientras yo me quedo haciendo “guardia” a la salida. En ese tiempo se podía fumar en los hospitales en sectores reservados para ello, especialmente en las terapias y a la salida de los quirófanos, por lo que ese día no tengo la idea la cantidad de cigarrillos que me “comí”.  Mi angustia iba “in crescendo” a medida que pasaban las horas. Preguntaba a cuanto médico, enfermero o auxiliar, que cruzaba esa puerta vedada al público. Sólo una enfermera de quirófano a la que obstaculicé el paso cuando se disponía a ingresar, al cabo de unos minutos volvió y me dijo que me quedara tranquilo que aún estaba en cirugía pero que estaba bien.

A las 17 horas, veo por fin salir al Dr. Damia. Cabeza gacha y, obviamente, con cara de estar agotado. Ahí, en ese mismo momento, me entero de la realidad de la situación. Los uréteres no se pudieron implantar a la vejiga porque ésta estaba rota en “minutas” (estaba hecha jirones), como si las garras de un animal le hubiesen dado un zarpazo y la hubiesen roto. Además, me dijo, se encontró con dos fístulas, una uretrovaginal y otra vésicovaginal, producto de malas maniobras efectuadas durante la cesárea. Momentáneamente, lo que se hizo ante tal estado, fue conectar ambos uréteres por medio de catéteres a una sonda vésicovaginal, la cual iba a una bolsa colectora. Así estuvo Nelly durante más de un año. En todo ese lapso, hice de papá y mamá con mis hijas, ya que Nelly era muy poco lo que podía hacer. Se sentía mal e incómoda por todo su estado. A la noche, para dormir, yo le conectaba la sonda a una bolsa más grande para que no se tuviese que levantar para vaciarla. Los viajes de Roca a Buenos Aires fueron cada vez más frecuentes y cada intervención quirúrgica, nos llevaba semanas y hasta meses. Tanto July como Jami más de una vez las hemos tenido que dejar con matrimonios amigos. El problema no era tanto hacer una nueva vejiga, sino que por más que se hiciese, a través de las fístulas que mencioné, siempre iba a tener incontinencia.

Unas 6 o 7 cirugías fueron llevadas a cabo para intentar reparar esas fístulas, todas con resultado negativo. El tejido que se les injertó en ningún caso se adhirió como para cerrar dichas fístulas. Entre cirugía y cirugía, me habían enseñado a destapar los catéteres, y era una tarea que la hacía cuando estábamos en Roca. En febrero del 89 al haber estado cosido el uréter, se necrosó y como consecuencia, dejó de funcionar el riñón derecho. La situación empeoraba porque el único riñón que le quedaba tuvo que asumir toda la función y por momentos los valores de la creatinina se disparaban, de tal manera  que en un par de ocasiones estuvo a punto de ser dializada.

Más de 20 cirugías reparadoras llevó a cabo el Dr. Damia, llegando a convertirse el caso de Nelly en un desafío para dicho profesional. Hasta que en 1991 y a la vuelta del Dr. Damia de un congreso llevado a cabo en Europa, encontró lo que sería una solución funcional para ella. Le hizo una neovejiga con tejido intestinal de ella por un sistema que se denomina “Mainz pouch” (Mainz, es la ciudad de Alemania en donde se desarrolló la técnica y pouch, significa reservorio, vejiga). También con el mismo tejido intestinal le hizo una válvula abocada al abdomen, por donde Nelly introduce un catéter, se vacía la neovejiga y continúa con su vida.

Esta cirugía por este sistema se realizó por primera vez en una paciente tan complicada,  por lo que resultó ser tema de congresos y seminarios. En este momento sólo hay 200 pacientes en el mundo con este tipo de cirugía.

Pero el tema de Nelly no termina ahí. Ya unos meses antes de que se decidiera esta gran cirugía, el Dr. Damia nos había dicho que a la distancia era imposible que la pudiera seguir atendiendo, por lo que nos dijo que nos fijáramos si de alguna forma podíamos radicarnos en Buenos Aires. Así fue que lo hicimos, pero a los 3 o 4 años de estar radicados en esta ciudad, la caja de Jubilaciones de la provincia de Río Negro dejó de pagarnos los haberes durante 7 meses seguidos, por lo que estuvimos intimados a desalojar la propiedad que alquilábamos. Unos amigos nos prestaron un dúplex en San Bernardo. No era lo ideal pero estábamos más cerca del H. Italiano que desde Gral. Roca, y allá nos mudamos. Anotamos a Julieta en un colegio de Santa Teresita y a Jamila en un jardín. Eso fue entre diciembre de 1995 y abril de 1996. En abril, comienza Nelly con dolores de cabeza seguidos de vómitos. No teníamos un centavo. Yo viajaba desde San Bernardo a Buenos Aries en colectivo, parando en casas de amigos o conocidos (pidiendo por favor) y me recorría las oficinas públicas representativas del gobierno de Río Negro para que me pagaran aunque sea un sueldo. Estas descomposturas de Nelly se fueron haciendo cada vez más asiduas, hasta que a fines del mes de abril de ese año, llegó a estar más de una semana con vómitos. Ante esta situación, lo llamo por teléfono al Dr. Damia y le explico la sintomatología. Me dice que como sea que la traslade “ya” a Buenos Aires. Pidiendo unos pesos prestados y contando con la buena predisposición de un remisero, en 3 horas y media estaba entrando a la guardia del H. Italiano, en donde Nelly era esperada por médicos del equipo de Damia. Otra internación más, en la que se la compensa pero los estudios indican que el riñón necrosado está comprometiendo al sano por lo que se decide la ablación del mismo. Desde la primera cirugía y pasando todas las relatadas, siempre con problemas graves de economía. Hubo una época en que no había insumos en ningún centro asistencial y hasta llegamos a pedir por radio Mitre que alguien nos proveyera de un líquido contraste que se utilizaba para efectuar unos estudios. También se necesitaron dólares para pagar algunos gastos de cirugía que no estaban “nomenclados” y juntar los billetes era una verdadera odisea. Se tenían tantos pesos para comprar 500 dólares y a los 5 minutos se podían comprar 450 y a la media hora 400. Era una carrera financiera y nosotros en el medio de todo eso con cuestiones graves de salud.

 

JULY Y JAMI

 

Un capítulo aparte en estas historias merecen mis hijas, que acompañaron, sufrieron y tuvieron mucho que ver en todo lo que les cuento. Julieta, la primera, seguramente podríamos considerarla la más afectada porque vivió primero mi accidente y luego, además de la consabida  invasión que le puede provocar a un primer hijo la llegada del segundo, la enfermedad-ausencia-dolor-abandono, de la madre. Todo esto sazonado por viajes imprevistos, mudanzas, ausencias de ambos padres por tiempos prolongados, estadas por semanas o meses en compañía de personas extrañas a su familia, etc., etc.

Recuerdo que una de las tantas cirugías que se le practicaron a Nelly en el Hospital Italiano, alquilamos un departamento temporario por tres meses, porque era muy delicada y requería de mucho tiempo de internación y de recuperación. Yo me “internaba” literalmente junto con ella, porque ella no admitía más enfermeros que el suscripto, ya que podía curarla, bañarla, le lavaba la cabeza en su cama, le procuraba comidas que le agradaran fuera del hospital y hasta le cocinaba y le llevaba comida hecha por mí. Como les decía, en una de esas oportunidades me había ausentado 4 días seguidos, me sentía cansado y sucio por lo que fui hasta el departamento alquilado en donde se encontraba mi suegra cuidando a July, mientras que a Jami se la había llevado un matrimonio amigo de Buenos Aires todo el tiempo que estuvo Nelly internada (más de un mes y medio). Cuando llego, lo primero que hago es bañarme y me vuelvo a cambiar. July, por ese entonces tendría 4 años aproximadamente y cuando vio que me volvía a cambiar como para salir, y mientras me sentaba a comer algo, me dice: “Adónde vas? No te quedás a dormir conmigo esta noche?” Le expliqué que mamá no podía estar sola y que requería de mis cuidados. En forma automática se larga a llorar con un sentimiento desgarrador que yo desconocía. No era el llanto de un capricho o de un dolor físico; le venía del alma. Obviamente, yo lloraba con ella. Me la llevo a la habitación para tratar de calmarla, pero su angustia y su ahogo eran incontrolables. Por más que continuara intentando darle explicaciones, no entendía razones. De pronto, y luego de más de 15 minutos de llanto, entre balbuceos y con la respiración entrecortada, me dijo: “Acá no la curan a mamá, por qué no la llevamos a Mendoza que seguramente ahí la van a sanar pronto” ¿???!!!. Nunca supe qué quiso decir con llevarla a Mendoza y qué es lo que pasaba por su cabecita, pero el hecho es que sufría y no sabía como manifestar su dolor. Con sólo 8 años, y mientras estábamos en San Bernardo, tuvo que aprender sola a cocinar, mientras yo pedía por favor que me pagaran un sueldo en distintas oficinas de Buenos Aires. Tuvo que cocinar y planchar porque Nelly estaba en la cama imposibilitada de poder levantarse. Esta es sólo una de las tantas situaciones que debió pasar Julieta.

Jami, por su parte, también sufrió, pero la procesión iba por dentro, porque nunca manifestaba nada, pero en cada regreso  a su casa, así hubiesen 20 personas adentro, sin saludar a nadie, ni hola, ni nada, preguntaba: “Mamá?”, cosa que sigue haciendo hasta el día de hoy con 24 años. Y acá les dejo algo para que reflexionen cuando suceden tantas cosas en una familia. Cuando Jami tenía unos 8 años, y mientras contábamos la situación por la que habíamos pasado a gente conocida, estando ella presente, y sin mediar palabra se larga a llorar desconsoladamente. El mismo llanto que había escuchado de July en aquella oportunidad. Con la misma angustia. Cuando logramos hacer que hablara después de largo rato, dijo con vos todavía angustiada, “soy quien le provocó todo esto a mamá y no sé qué hacer y cómo ayudarla”. Imagínense lo desconcertados que quedamos. Evidentemente las charlas en voz baja, el silencio ante su presencia y los mensajes enviados por nosotros los adultos, en vez de protegerla, hicimos que se confundiera más. Por suerte, rápidamente, ante nuestra explicación Jami entendió que ella no era culpable de nada, porque así se había sentido siempre: culpable.

 

DOS HECHOS IMPREDECIBLES

 

Cuando todo parecía “normalizarse”, dentro de lo que se podría decir normal en nuestro caso, dos hechos fuertes vuelven a golpear nuestras vidas. Nelly se transforma en la primera paciente con formación de cálculos litiásicos en una neovejiga.  No había antecedente alguno en el mundo, pero por suerte Nelly contaba con la atención en el mejor lugar de Argentina, el Hospital Italiano y, además, estaba asistida por el mejor equipo de Urología y de Litiasis. Al Dr. Damia se sumó el Dr. Pedro Daels, lo más destacado en tratamientos litiásicos y luego de una breve internación se le extrajeron los cálculos. Paralelamente a esto, otro inconveniente económico. El ANSES, nos recorta del sueldo el 20% del sueldo correspondiente al plus de la zona fría. Por tal motivo, volvimos a radicarnos a Gral. Roca (pcia. De Río Negro), en donde en la actualidad, lo hacemos, pero viajando permanentemente a Buenos Aires. Prácticamente estamos la mitad del año Roca, y la otra mitad en Buenos Aires, para poder recuperar ese porcentaje del sueldo quera indispensable para nuestra subsistencia, ya que no hay ningún resorte legal que nos permita, por todo lo aquí descripto, que no se nos toque el sueldo, ni se nos recorte los porcentajes correspondientes a la zona fría, y poder vivir en forma permanente en Buenos Aires, porque, lamentablemente, Nelly no puede irse por demasiado tiempo desde el lugar en donde un equipo de profesionales es el único que conoce su patología.

 

UN REMANSO

 

Cuando mi hija mayor termina el secundario y la menor ya lo promediaba, mi inquietud para poder transmitir y ayudar a personas que tuvieran situaciones similares a las nuestras, me llevó a querer hacer una carrera universitaria. Pero qué estudiar? Medicina no podía, ya tenía algo más de 40 años y entre carrera y residencia me llevaría unos 10 años. Cómo haría para trabajar a los 50 años como médico recién recibido? Busqué y encontré una carrera que me llamó la atención: Técnico en Salud, Alimentación y Actividad Física. Se dictaba en la Universidad Fundación ISALUD, y su director el Dr. Alberto Cormillot. Esta carrera integra perfectamente todo el aspecto nutricional, se ven todas las técnicas de educación terapéutica que ven los psicólogos en su carrera y la parte de actividad física, está relacionada a sectores de la población que requiere esta actividad en forma adaptada (personas con sobrepeso y con alguna capacidad diferente).

En mi interior sabía que sin estudiar, y desde mi experiencia podía ayudar a las personas, pero necesitaba tener más herramientas.

En 2 años rendí 29 materias con un promedio de 9,33. Lo que había sido al comienzo, todo un desafío, se transformó en un logro personal y también un ejemplo para mis hijas. ¡Se puede estudiar y capacitarse a cualquier edad!

Di talleres de alimentación normal a gente de bajos recursos, pero me especialicé en adicciones, trabajando en comunidades terapéuticas cerradas y abiertas y me gané un nombre como operador socioterapéutico y como acompañante terapéutico en distintas patologías (especialmente con pacientes depresivos severos con ideación suicida).

 

MALA PRAXIS IV

 

Antes de concluir, les quiero dejar otra mala experiencia. Durante todo este tiempo y hasta hace menos de dos años, se encargó a un estudio jurídico la puesta y seguimiento de un juicio por mala praxis por la cesárea de Nelly. Luego de muchos años, nos enteramos de que ese expediente jamás se abrió a prueba por dos pedidos de caducidad, uno en primera instancia y otro en sede del Tribunal Superior de Justicia. A raíz de esto, hace casi dos años se demandó al estudio jurídico también por mala praxis. Es decir, tuvimos que hacer una demanda de mala praxis por la mala praxis. Se llegó a un acuerdo previo a la apertura del juicio por una cifra ínfima comparada con los daños físicos, psicológicos y económicos ocasionados que se abonó en cuotas. Lo que se hizo fue más que nada, para que Nelly hiciera un cierre definitivo y no arrastrara “sombras” y pudiera empezar a vivir en paz con ella misma y con los demás.

 

LA RESILIENCIA

 

Estimada Vale, te confieso que la primera vez que escuché la palabra RESILIENTE, fue durante la carrera. No sabía hasta ese momento qué significaba. Cuando la sicóloga de Salud Mental que impartía la cátedra, nos dio una definición, me asombré, y para mi interior, me dije “Nelly y yo somos dos ejemplos de personas resilientes”. No sabíamos lo que éramos o cómo denominarlo, pero sabíamos que la habíamos peleado y nunca bajamos los brazos. Ni Nelly se dio por vencida cuando sufrí el accidente y estuve a punto de morir varias veces; ni yo, con la cantidad de años que Nelly lleva peleándola día tras día. Nuestras hijas, hoy adultas, nos acompañan en todo este recorrido, siendo ellas buenas personas y con valores. Julieta, la mayor, ya tiene engendrados 362 grs. de mi primer nieto, Ciro. Estamos orgullos de nuestras hijas, de la familia que hemos podido establecer y construir pese a todos los sinsabores que nos dio la vida. Pero hoy, querida Vale, estamos convencidos de que todo lo que nos sucedió no fue en vano; no fueron problemas y situaciones duras para que nos hundamos en la angustia, sino, todo lo contrario. Estamos totalmente de acuerdo en que sin todos esos hechos que a cualquier persona puede sumir en el lodo de la depresión sin fin, no seríamos las personas que somos hoy. Las hemos tomado como enseñanzas de vida y todos aquellos que en algún momento pudimos haber odiado, no fueron sino, maestros de la misma vida.

Pido disculpas por la extensión del relato pero no había muchas formas de sintetizarlo y obviamente, no cumplí con lo que escribí en el primer parágrafo, pero confío en que, de alguna forma, esta historia ayude, aunque sea, a una sola persona. Los abrazo con el corazón.

 
 
 
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